Comportamientos de unos empleados con respecto a otros, que llevan directamente a la desmotivación.En otros artículos de esta web hemos tratado el tema de la motivación en el trabajo o para el trabajo en la empresa. Bastaría, por tanto, poner en negativo lo que allí considerábamos como elementos influyentes y motivadores, para tener el catálogo de lo que desmotiva en una organización. Realmente existen muchos factores desmotivadores de naturaleza económica, de tipo o puesto de trabajo, de relaciones internas o jerárquicas, de falta de horizontes profesionales, etc.
Pero no se trata, ahora, de ese ejercicio ni de esos comentarios. Nos vamos a referir a
determinados comportamientos de unos empleados con respecto a otros, que llevan directamente a esa desmotivación o pérdida del interés para el trabajo en esa empresa o tarea concreta.
Unos ejemplos ilustran mejor el tema.
Cuando conseguí mi primer empleo, hace años, en la entonces denominada Compañía Telefónica Nacional de España me sucedió lo que narro a continuación. Había terminado, con anterioridad una carrera técnica que me permitió el acceso al departamento de Ingeniería de esa entidad en sus oficinas en Madrid, tras concurso-oposición. Con el contento propio de mi primer día de trabajo y con el consiguiente nerviosismo y expectación, afronté esa jornada. Después de asignarme una mesa en las amplias oficinas en las que trabajaban numerosos compañeros, el jefe me colocó ante una gran mesa de dibujo y provisto de lápiz, goma y una regla hube de dibujar determinados esquemas y circuitos sobre la superficie grande de papel que la cubría toda. Al cabo de unas horas de entusiasta tarea terminé y presenté, orgulloso, mi dibujo. Con rostro serio e impávido el jefe me ordenó borrar todo lo dibujado, que en su opinión estaba bien, y hacer otros nuevos esquemas y dibujos en la misma hoja. No sin cierta sorpresa e inicial incomodidad, procedí a borrar con aquella goma el producto de mis primeras horas de trabajo profesional. Pasaban a si a mejor vida, a desaparecer, las huellas de aquel primer trabajo. Pero afronté, un segundo asalto, lleno de moral y empuje juvenil. En mi fuero interno, asomó, no obstante, el pensamiento de si aquello no era algo muy inferior e inadecuado a la carrera de varios años que había hecho. Terminé al filo del final de la jornada laboral y, de nuevo, el jefe de rostro impenetrable, tras decirme que estaba bien, me mandó borrar todo y dejar el papel en blanco antes de marcharme. Así lo hice, mientras iba mirando de reojo a mis compañeros que, ignorando mis primicias laborales, parecían afanados en sus mesas. Así terminó mi primer día de trabajo, como puede comprenderse no repleto precisamente de ilusiones ni realización de sueños largamente esperados. Ignoro cual sería la intención de aquel hombre para actuar así. Quizás hacerme ver que el mundo del trabajo nada tienen que ver con el de las aulas. Marcarme una disciplina desde el primer momento, un
aquí mando yo y se va a hacer lo que yo diga. Ejercitar mi muñeca y mi paciencia de cara a los proyectos futuros. Dejo al lector que saque sus conclusiones, pero es fácil captar un mensaje muy desmotivador.
Al día siguiente ya pasé a otras funciones de aprendizaje de los procedimientos del Departamento de Ingeniería de la CTNE, junto a compañeros más veteranos. Con ellos, en las horas que pasábamos fuera de las oficinas, por distintos lugares de Madrid para tomar datos y estudiar futuras líneas telefónicas, escuché los primeros consejos de
tómatelo con calma, aquí las cosas son distintas, nadie te agradece nada y frases similares que, para un novato que llegaba a la empresa lleno de ilusiones, sonaban extrañas.
Más tarde, teniendo ya los conocimientos internos suficientes, me asignaron trabajos a realizar solo, relativos a diferentes zonas urbanas de Madrid. Cuando me dieron mi primer proyecto, lo inicié a ritmo trepidante, poniendo en marcha todas mis mejores facultades profesionales. Al cabo de un mes estaban hechos la toma de datos, los cálculos y los planos. Y lo entregué a mi jefe, el de impávido e inexpresivo rostro. Me miró, lo examinó y me dijo que estaba bien. Después me asignó otro proyecto. Mis compañeros de mesas próximas fueron ya testigos de todo eso. Emprendí mi tarea. No tardó en aproximarse uno de ellos para decirme que
allí era inútil correr mucho en los proyectos. Otro me sugirió que
calmase mis ansias juveniles, que allí no servirían para nada, que nadie lo tendría en cuenta. Finalmente otro, tomando el café de las 11 en el bar de enfrente, me dio largos consejos de hermano mayor y buen compañero. En definitiva se resumían a
que fuera con calma y no me lo tomara tan a pecho, que eso no me iba a servir ni para ascender ni para que me considerasen mejor los jefes.
Fácil es imaginarse el despertar amargo del recién llegado a aquella gran empresa y a la capital de España
dispuesto a comerse el mundo. También a aprender pronto mi profesión, entonces técnica. Seguí adelante, desoyendo consejos que atribuía a frustraciones personales. Mi segundo proyecto se terminó en poco más de un mes. Lo volví a entregar y pedí otro. Y se armó lo no imaginable. Primero el jefe, claramente molesto, pareció insinuarme que a esas velocidades podría no estar bien y tener errores. No le gustó evidentemente el que hiciese el proyecto en lo que, para mi, era un tiempo normal y sin prisas. Peor fue la actitud de mis compañeros. Los más próximos, amigos incipientes, me aconsejaron con energía que
me lo tomase con calma de una vez. Que cada proyecto debía de durar alrededor de seis meses. Es decir, dos por año y técnico. Otros, me dijeron sin ambages que estaba perjudicando a los demás. Les estaba dejando en evidencia ya que ellos empleaban ese tiempo, tomándolos con todas las pausas necesarias y estirando sus tiempos en el exterior al máximo. Vamos, que era un mal compañero y que eso no se hacía. Además, que entendiera de una vez que a los jefes
les importaba un rábano el tiempo que tardase en hacer los proyectos.
Entendí perfectamente los mensajes. Puramente
desmotivadores para la actividad de un joven que iniciaba su andadura laboral y profesional. Que perdiese tiempo, que alargase las tareas y los tiempos fuera de las oficinas. Así mejor para todos. Pero eso me llevó al aburrimiento y a no saber como matar las horas en aquellas amplias oficinas en las que nos hacinábamos, mesa contra mesa, muchos empleados. Y, por tanto, la desmotivación hizo mella en mí. A los seis meses abandoné la compañía para entrar a trabajar en otra empresa.
¿Moraleja? Empleados acomodados, veteranos, reticentes a la mejora, desengañados en su trabajo sembraban, con sus palabras habituales, el desconcierto y la falta de ganas en el trabajo de los nuevos que llegaban. Con frecuencia quienes llegaban tenían una titulación y una preparación superior a esos veteranos. Era una forma de tratar de quitárselos de en medio y que no estorbasen a sus propósitos y a sus rutinas.
Esto sucede, por desgracia, en multitud de trabajos. Con frecuencia, los peores profesionales, los que valen menos, los veteranos o los de personalidad menos sociable o retorcida, inundan a diario de comentarios negativos sobre la empresa y los jefes, a los recién llegados o a los de menos antigüedad. Los desmotivan, con o sin intención de hacerlo, con sus mensajes pesimistas acerca del presente y el futuro. Y esto es aun más acusado entre quienes aspiran o están en puestos que pueden permitir ascensos y nombramientos de mando o dirección. Las
puñaladas traperas y las zancadillas se unen a los mensajes desmotivadores, en cascada. Y, muchas veces, logran el efecto deseado y el afectado por ellos abandona la empresa, huyendo de aquellas negras situaciones que les han pintado.
Una variante muy conocida de esto se suele dar en oposiciones a puestos de trabajo, normalmente en la Administración, o en procesos de selección de personal. En aquellas, los peores o los más ambiciosos, lanzan sin escrúpulos mensajes negativos y desmotivadores:
nos van a suspender a todos, el puesto ya está dado, pagan poco, por mucho que estudies no vas a sacar nada…yo mañana no me presento… y cosas similares. Aunque parezca mentira, todavía hay gente que cae en estas trampas y abandona desanimado. Y en procesos de selección de personal, mientras se espera para entrar a pruebas o entrevistas, he oído como algunos de los aspirantes lanzaba estos terroríficos dardos de desánimo al colectivo. Su habilidad suele ser tal que arrugan a unos y desmotivan a otros.
Estos ejemplos, que podríamos ampliar en un verdadero catálogo de actitudes desmotivadoras en el trabajo, de falta absoluta de compañerismo,
son contrarios a la más elemental ética en el mundo del trabajo. Tenemos tendencia a considerar, únicamente, como comportamientos no éticos determinadas acciones de empresarios y jefes. Pocas veces tendemos a ver que, desde el plano del trabajador, se pueden dar también comportamientos faltos de ética. En nuestro anterior trabajo en esta web denominado
¿Existe una ética en la empresa y en los negocios? enumeramos varios de ellos. Uno de estos es, precisamente, la desmotivación en la empresa de unos trabajadores a otros. Generalmente les anima la intención de ahuyentar a los demás, de que se vayan y les dejen el camino expedito y libre para ellos y, esto suele ser más acusado, cuanto menos valía personal y profesional tienen. Nuestro consejo a los principiantes es ignorar esos mensajes negativos y desmotivadores y devolverles, con desdén, la mala y torcida intención que les anima.
Manuel Díaz Aledo
Editor de www.gerenteweb.com
info@gerenteweb.com
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